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"Manuel, el que nunca volverá"
Sudario 03 - Parte Frontal
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"Manuel, el que nunca volverá"
Sudario 03 - Parte Trasera
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"Manuel, el que nunca volverá"
Sudario 03 - Pieza Completa

“Manuel, el que nunca volverá”

Sudario 03 - 2019

Técnica mixta en lienzo

105 x 450 cm

por Angel Correa

Técnica y materiales

Técnica mixta en lienzo 100% algodón, café microfiltrado en polvo, agua destilada, acuarela, témpera, acrílico, anilina, tinta, colorante de alimentos, medio acrílico y barniz

Descripción de la obra

Esta obra fue inspirada por Manuel y la canción con la cual lo identifico: “Nada”, bolero, año 1965, interpretada por Felipe Pirela, cantante venezolano. Estas son algunas líneas de la letra: "He llegado hasta tu casa, yo no se cómo he podido, si me han dicho que no estás, que ya nunca volverás, si me han dicho que te has ido. Cuánta nieve hay en mi alma! Qué silencio hay en tu puerta! Al llegar hasta el umbral, un candado de dolor me detuvo el corazón".

Cuando era pequeño en mi camino hacia al mercado a comprar los abarrotes con mi madre teníamos que pasar por la zona de las cantinas, donde los campesinos, comerciantes y transportadores se reunían a escuchar música y a beber cerveza o aguardiente, lugares donde las mujeres que atendían estaban excesivamente maquilladas, con peinados muy elaborados, escotes pronunciados, ropa muy ceñida al cuerpo, faldas cortas y tacones altos. En todas partes se escuchaban las canciones de Felipe Pirela quien fue muy popular para la época, con las rocolas trabajando a todo vapor, moliendo su voz.

En esos lugares el piso estaba lleno de cisco de madera, cuando le pregunté a mi madre del por qué me dijo: "Porque alguna gente cuando está borracha se orina o vomita en el lugar, con el cisco es fácil de limpiar luego". Efectivamente sábado o domingo en la mañana algunas veces podía ver hombres y mujeres bebiendo, algunos dormidos en la mesa llena de botellas de cerveza vacías, otros llorando, otros gritándose el uno al otro, algunas veces peleando a trompadas, en ocasiones besando apasionadamente a una mujer con las manos yendo y viniendo sobre su cuerpo o también orinando en algún rincón de la cantina apoyándose en la pared.

Un día sobre el andén de una cantina estaba tirado el periódico local con la foto explícita de un hombre que había sido apuñalado y yacía muerto en el cesped, para mí lucía descamisado, semidesnudo. El papel estaba mojado y tenía algunas marcas de zapato de hombre estampadas. Varios cortes mostraban las heridas abiertas de la víctima, en carne viva, tal vez la marca indeleble de un crimen pasional. Una imagen que hasta hoy me acompaña.

Un ambiente de pérdida, desilusión y pesadumbre enmarcaba las cantinas del mercado, así como lo describe la canción, los sitios donde la gente iba a llorar a los desaparecidos, a los ausentes, a esos que se buscan y que no han podido ser encontrados, a los que han huído para nunca más volver; el recuerdo de las casas abandonadas y sin nadie que pudiera decir qué sucedió ni dónde están los que las habitaron.

En Colombia tenemos un pueblo católico para el que todo ha sido una cruz, donde no ha habido tiempo para darle tiempo al tiempo y en medio de la tragedia la gente ha tenido que consolarse compadeciéndose de su infortunio. Un país donde ha sido difícil dejar el pasado como tal porque el presente se ha extendido como una sombra de fatalidad que cubre cada nuevo día, donde el olvido no existe ni se evita, y los recuerdos sólo tienen pinceladas de cariño a lo largo de un camino inacabable de martirio.

Con este Sudario estoy levantando a Manuel, estampando la imagen emocional de cuando lo vi, vertiendo tintas disueltas en café para recrearlo, para que la gente pueda leerlo en el periódico de la historia colombiana, abriéndole la puerta a la imagen de la tragedia que se desvanece con música y licor en el mercado de las pasiones que sostienen la violencia, para que sea vista por los ojos de la paz; la misma violencia que se ha convertido en la madre de los colombianos y las colombianas, la constante de una memoria deprimente, de lágrimas que se transforman en flores con aroma de café, brillo de esmeraldas, dulce de caña y las letras tristes de sus canciones populares que se escuchan luego del sepelio, allá en la cantina "La Última Lágrima".

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